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Barras bravas de Boca y River: cuando eran aliadas

Titular: Cuando Boca y River eran aliados: la historia secreta de las barras bravas que nació en una carnicería

Hay rivalidades que parecen eternas, casi naturales, como si siempre hubieran existido. Pero el odio feroz que hoy divide a las hinchadas de Boca Juniors y River Plate en cada Superclásico tiene fecha de inicio. Y antes de ese momento, hubo algo que pocos recuerdan o quieren recordar: amistad.

Todo comenzó en el Mercado Spinetto, ese enorme centro comercial porteño que durante gran parte del siglo XX fue el segundo en importancia de la Ciudad de Buenos Aires, detrás del Abasto. Allí, entre reses colgadas y olor a carne fresca, se gestó uno de los vínculos más insólitos de la historia del fútbol argentino.

El hombre que daría forma a la primera barra organizada de River Plate fue Domingo Romano, un inmigrante siciliano conocido primero como el Tano Mingo y luego rebautizado como el Loco Mingo. Carnicero, murguero, militante político y líder de hinchada al mismo tiempo, Romano era dueño de uno de los puestos del Spinetto que proveía de mercadería a comerciantes del ramo en toda la ciudad.

Entre sus clientes habituales estaba Enrique Ocampo, alias Quique el Carnicero, el primer jefe de la barra de Boca Juniors, propietario de una carnicería y verdulería a pocas cuadras de la Bombonera. La lógica del negocio los unió primero. La política y el fútbol hicieron el resto.

Esa relación comercial se transformó con el tiempo en una alianza concreta dentro de las tribunas. Las primeras hinchadas organizadas de River y Boca llegaron incluso a conformar un frente común para enfrentar a las barras de otros clubes. Uno de los episodios más llamativos ocurrió en un partido clave para River en el Nacional 1968, cuando el árbitro Guillermo Nimo no cobró una mano de Luis Gallo, defensor de Vélez, que habría significado un penal decisivo para el club de Núñez. La hinchada de Boca envió 15 de sus hombres a apoyar a la de River en la tribuna, y juntos terminaron corriendo a los simpatizantes velezanos. Sin embargo, la jornada tuvo un costo: el Loco Mingo recibió un golpe de cadena en la cabeza y un ojo, y terminó internado en terapia intensiva.

El vínculo también se extendió a la política partidaria. Mientras Quique el Carnicero y su compañero Jorge Corea eran custodios de José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT, el Tano Mingo rodeaba a Lorenzo Miguel, titular de la Unión Obrera Metalúrgica. El peronismo fue otro puente entre las dos hinchadas.

Claro que no todo era armonía. Ante una traición de Quique, Romano respondió a su manera: siguió a los custodios de las banderas de Boca a la salida de un partido y se las robó. La tela azul y amarilla terminó convertida en disfraces para su murga, Los Chiflados del Abasto.

La amistad fue cediendo terreno lentamente. El recambio generacional en ambas barras trajo nuevas caras y nuevas lógicas. Con Alberto Ramos, alias Sandro, al frente de la hinchada de River, el eje geográfico se desplazó de Balvanera a Palermo y la relación con los de Boca comenzó a enfriarse. En 1976, integrantes de la barra millonaria irrumpieron en el Monumental la noche previa a un partido en el que Boca podía consagrarse campeón del Metropolitano y removieron el arco y el césped, aunque la dirigencia logró reparar el estadio a tiempo.

El quiebre definitivo llegó en 1981, cuando José Barritta, el Abuelo, tomó el control de la barra xeneize. Desde entonces, los Superclásicos pasaron a disputarse bajo una violencia que ya no reconocía límites. En 1983, tras un clásico en la cancha de Vélez, Daniel Taranto, excombatiente de Malvinas e integrante de la barra de River, murió de un balazo en un enfrentamiento callejero.

Lo que había nacido entre mostrador y mostrador en el Spinetto había terminado a tiros en la calle. La amistad superclásica quedó sepultada para siempre.

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