Titular: El día que secuestraron a Fangio en Cuba: pistola, papas fritas y 27 horas de cautiverio que quizás le salvaron la vida
La noche del 23 de febrero de 1958 comenzó como cualquier otra para Juan Manuel Fangio. El quíntuple campeón del mundo de Fórmula 1 descansaba en el lobby del Hotel Lincoln de La Habana, a pocas horas de disputar el Gran Premio de Cuba. Pero un hombre se le acercó, le apoyó una pistola calibre 45 en el cuerpo y pronunció una frase que quedaría grabada en la historia del automovilismo: “Disculpe, Juan, me va a tener que acompañar.” Fangio creyó que era una broma. No lo era.
Un comando del Movimiento 26 de Julio, la organización liderada por Fidel Castro, acababa de secuestrar al deportista argentino más famoso del planeta. El operativo estuvo coordinado por Faustino Pérez, jefe de la agrupación en la capital cubana. Manuel Uziel fue quien ejecutó la acción mientras Fangio conversaba en el lobby, con Stirling Moss cerca, sin imaginarse lo que estaba por ocurrir. Afuera esperaba un Plymouth negro.
Durante las siguientes horas, el balcarceño fue trasladado por distintos vehículos y casas hasta llegar a una vivienda del barrio de El Vedado. Nunca lo ataron. Nunca le vendaron los ojos. Sus captores, que no podían ocultar la admiración que sentían por él, le pidieron autógrafos y le cocinaron papas fritas. Fangio, con la calma que lo caracterizaba dentro y fuera de los cockpits, se negó a seguir la carrera por televisión: escuchar los motores sin estar al volante era algo que simplemente no toleraba.
El Gran Premio se disputó de todas formas. Y terminó en tragedia. En la sexta vuelta, la Ferrari de un piloto local perdió el control y se metió de lleno entre los espectadores ubicados a un costado del circuito callejero, que carecía de protecciones. Seis personas murieron y alrededor de cuarenta resultaron heridas. La carrera fue interrumpida y Stirling Moss fue declarado ganador.
La ausencia de Fangio en la largada, sin embargo, tal vez no fue solo mala suerte. El Maserati 450S que iba a conducir ese día tenía una diferencia de cinco centímetros en la trocha de las ruedas, un defecto técnico que lo volvía peligrosamente inestable. Cuando le contaron lo que había pasado en la pista, Fangio les dijo a sus captores que, sin quererlo, quizás le habían hecho un favor enorme.
Los guerrilleros temían que el gobierno de Fulgencio Batista pudiera asesinar al piloto y cargarles la culpa. Por eso descartaron liberarlo en una iglesia. Fue el propio Fangio quien propuso la solución: entregarlo en la Embajada argentina, entonces a cargo de Raúl Lynch, que tenía un vínculo familiar con el Che Guevara. Así concluyeron 27 horas de cautiverio sin violencia y con un sabor extrañamente humano.
La historia tuvo un eco enorme. Al viajar a Estados Unidos, Fangio se convirtió en una celebridad de otro calibre: fue invitado al programa de Ed Sullivan, uno de los más vistos de la televisión norteamericana de la época. El secuestro, paradójicamente, multiplicó su fama más allá del mundo del motor.
Lo que nunca hubo de parte del campeón fue rencor. Fangio jamás habló mal de quienes lo retuvieron. Ellos, por su parte, lo siguieron contactando durante décadas mediante telegramas que firmaban con una frase tan peculiar como entrañable: “sus amigos los secuestradores”. En 1981, Fangio regresó a Cuba como representante de Mercedes-Benz. Fidel Castro interrumpió su agenda para recibirlo y pedirle disculpas personalmente por aquel episodio de 1958.
Hoy, en el Hotel Lincoln de La Habana, la habitación 810 lleva el nombre de Juan Manuel Fangio. Una placa, quizás, para uno de los episodios más insólitos y fascinantes de la historia del deporte argentino.
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